viernes, 1 de febrero de 2019

Explorando Líbano (III): Batroun y Trípoli


Uno de los dos días que me quedé en Byblos, decidí pillarme un autobús y explorar un poco más hacia el norte, llegando hasta la ciudad de Trípoli. Antes hice una parada corta en Batroun, otra de las ciudades fenicias históricas en la costa libanesa, muy popular sobre todo en verano, cuando se llena de turistas. En invierno, en cambio, es un sitio la mar de tranquilo, en el que apenas se ve gente por las calles. Por momentos y en determinadas zonas, me sentí como el único viandante aquel día.


A nivel monumental, los principales puntos de interés en Batroun se hallan en torno al puerto antiguo, destacando el muro fenicio y la catedral maronita de San Esteban. También vale la pena, siguiendo la línea de la costa, hacer un alto en la pequeña iglesia ortodoxa de Nuestra Señora de los Mares y contemplar el mar desde su terraza.
Como anécdota del día, tengo que contar que me encontré un restaurante llamado “Córdoba”, ahí, con el acento en la “o” y todo, y no pude evitar pararme para investigar un poco. Tras la decepción inicial al ver que la carta no incluía ni salmorejo ni flamenquines, le pregunté al camarero el por qué del nombre. Me dijo que el dueño estuvo de viaje por mi ciudad natal y le gustó tanto que decidió bautizar su negocio con este ilustre nombre.




 
Como todavía me quedaba día por delante, tomé otro autobús más hasta llegar a Trípoli, a unos 30 kilómetros de la frontera siria. Esta cercanía con dicha zona de conflicto puede resultar preocupante, pero, al contrario de lo que me habían advertido, Trípoli no me pareció un sitio inseguro. Hasta hace pocos años, la violencia de la guerra llegaba hasta aquí mismo, y dicen que todavía hay yihadistas escondidos por aquí. Sin embargo, los contratiempos son mínimos para los visitantes que campean por los rincones de esta interesante ciudad.



Un buen punto para empezar la visita a Trípoli es la ciudadela de Raymond de San Gilles, antiguo castillo cruzado, remodelado en varios periodos posteriores por mamelucos y otomanos. Desde aquí se observan unas extraordinarias vistas de la ciudad. Bajando hacia el antiguo zoco, entre mezquitas y puestos de todo tipo, se pueden descubrir varios “khan”, que podría traducirse como “posadas”, que en la antigüedad se destinaban a un determinado gremio. Destaca, entre otros, el Khan Al Khayyatin (khan de los sastres).



Me gustó bastante esta jornada del viaje, quizás una de las más intensas, especialmente en Trípoli. Aquí me topé con otra cara de este país, más cercana a mis expectativas cuando pienso en Oriente Medio, con más ajetreo en las calles, gente que espontáneamente se acerca a preguntarte de dónde vienes (aunque yo reconozco que pasaba como local, totalmente), olores de especias, etc. Nada que ver con Beirut, mucho más parecida a una ciudad de Occidente.


lunes, 21 de enero de 2019

Explorando Líbano (II): Byblos y las cuevas de Jeita


Aparte de Beirut, uno de los destinos más populares y con más encanto en Líbano es Byblos, a una hora en coche de la capital, al norte, también en la costa. Este interesante lugar es uno de los asentamientos humanos continuamente habitado más antiguos del mundo y ofrece al viajero una irrepetible oportunidad de ahondar en este crisol de civilizaciones que forman la historia, no solo de este, sino de muchos otros países mediterráneos.



Es bastante fácil explorar los principales puntos de interés en Byblos ya que todo se encuentra en la misma zona. Atravesando el zoco antiguo se llega a la explanada del puerto con las ruinas del castillo de los cruzados a la izquierda. En torno a esta antigua ciudadela, construida allá por el siglo XII, se encuentran diversos vestigios pertenecientes a otros pueblos, entre ellos los restos de templos griegos y persas, una necrópolis fenicia y un anfiteatro romano. También dentro de este conjunto se halla una singular casa abandonada llamada “la casa blanca”, perteneciente a la familia Al Housami y construida en el siglo XIX.


Otro de los grandes atractivos es el zoco. Aquí no se puede desaprovechar la oportunidad si se quiere comprar algún recuerdo de Líbano. Luego en Beirut es más complicado encontrar tiendas de recuerdos aparte de en el aeropuerto, donde suele ser todo más caro. Al final de las empedradas calles se llega al puerto antiguo, un enclave estupendo donde pude disfrutar de una puesta de sol épica.


Entre Byblos y Beirut está una de las maravillas naturales más espectaculares que se pueden visitar, las cuevas de Jeita. Para llegar se puede tomar un autobús hasta Jounie, de vuelta a Beirut, y luego un taxi hasta la entrada a la gruta. Aquí es posible visitar dos partes, una a la que se puede acceder en barca y otra a pie. Lamentablemente, en invierno se suele cerrar la gruta acuática, con lo que me tuve que conformar con la de secano. El interior es impresionante, con hipnóticas estalagmitas y estalactitas, e inquietantes bóvedas con formas fantasmagóricas. Puedo decir que es uno de los mejores lugares a nivel de naturaleza que he podido ver. No se permiten hacer fotos en las grutas, algo que al final agradecí, ya que me centré únicamente en disfrutar del panorama.


Entrada a una de las cuevas


Merece la pena quedarse en Byblos al menos un par de días, aunque yo en realidad me pude ver todo en solo uno. La segunda jornada la dediqué para seguir explorando el norte del país, haciendo un alto en Batroun y Trípoli, ciudades a las que dedicaré la próxima crónica.

viernes, 11 de enero de 2019

Explorando Líbano (I): Beirut


Inauguro este nuevo año con las primeras crónicas de lo que ha sido una experiencia bastante placentera, pero que me ha sabido a poco. Libano es un país que merece la pena recorrer de cabo a rabo, especialmente para los amantes de la Historia. Pero, aparte de vestigios de diversas civilizaciones, la cuna de los fenicios destaca por su gastronomía y sus paisajes naturales, aunque esta vez no he podido disfrutar mucho de ellos por el mal tiempo. Empezaré hablando de mis paseos por Beirut, la capital, mi campamento base la mayor parte de la semana de viaje.


En una de las conversaciones que tuve con algunas personas locales durante mi experiencia libanesa, me dijeron que Líbano era como un estado formado por diversos países, con multitud de contrastes a nivel religioso, social y cultural. Dichos contrastes se pueden ir descubriendo conforme empezamos a pasear por Beirut, que me pateé de cabo a rabo (por fin una ciudad hecha para caminar). Algunos barrios tienen un estilo más europeo, asemejándose a algunas zonas de París, por ejemplo, mientras que en otros se transmite más un ambiente propio de Oriente Medio.




La mayoría de los monumentos de interés se encuentran en el distrito centro (“Downtown”), entre la icónica plaza Nejmeh y el monumento a los mártires. Aquí destaca, sobre todo, la majestuosa mezquita Al Omari, que en el pasado fue una catedral construida por los cruzados. Justo al lado se encuentra la catedral maronita de San Jorge y al frente, entre ruinas romanas, la catedral ortodoxa también dedicada a este mismo santo. En este lugar se halla el museo de la cripta, interesante para conocer más a fondo la historia de la ciudad.



Desde el año 1975 hasta 1990, Líbano sufrió una devastadora guerra civil, cuyos estragos son todavía visibles en muchos edificios de Beirut. Desde entonces, la presencia de puestos de vigilancia con soldados rondando por varios puntos de la ciudad, en especial cerca de edificios institucionales, es una constante. Impresiona bastante ir caminando y toparte de repente con un carro de combate. A pesar de todo, en este momento la situación del país es estable, aunque se recomienda evitar las zonas fronterizas, tanto con Siria como con Israel.



Hubo un tiempo en el que Beirut era considerado el foco principal de turismo y cultura de Oriente Medio. Pese a los estragos de la guerra, el ambiente cultural siguió manteniéndose y hoy día se refleja en la cantidad de eventos que tienen lugar casi a diario en sus galerías de arte, salas de proyecciones, museos, etc. Súmale restaurantes variados, bares y vida nocturna, y ya tienes una ciudad digna para vivir por un tiempo.











































Otro de los atractivos de Beirut es la presencia del mar. Da gusto pasear por la zona de Corniche, el paseo marítimo de la ciudad, y disfrutar de las vistas del Mediterráneo. Siguiendo hacia el oeste se puede llegar al barrio de Raouche y visitar las Rocas de las Palomas, al frente del acantilado. Cuenta la leyenda que fue aquí donde el héroe mitológico griego Perseo mato a un monstruo marino para salvar a Andromeda, petrificado con la ayuda de la cabeza de Medusa.


Por su historia, sus rincones llenos de vida, su comida, su vida nocturna y otras razones, puedo decir que me encantó Beirut y no descarto retornar en algún momento más de mi estancia en Oriente Medio. Se me quedaron algunos lugares en el tintero, pero creo que los dos días de pateo dieron para mucho. Además, desde aquí es bastante fácil llegar a otros puntos de interés en Líbano, de los que hablaré en próximas entradas.